La cuenta atrás

Hay tres cosas que Teo ama por encima del resto: sus cochecitos de juguete, los teléfonos móviles y los bebés. Es un niño sanguinario con las hormigas y algo tiránico con sus padres, pero tierno y generoso con los humanos del tamaño de una colilla.

panza

Le ha pasado siempre, pero la pasión se ha disparado desde que sabe que tendrá una hermanita. A sus dos años no es capaz de comprender de dónde viene o cómo ha sido concebida, y no le culpo: yo tampoco. Desafía las leyes de la estadística que los escasos coitos de sus agotados padres hayan sido tan precisos. Pero lo fueron.

El bebé está aquí. Bueno, casi, pero para Teo ya está aquí. Abrumado por el trabajo y las canas a mí a veces se me olvida. Su madre bastante tiene con no salir rodando debido a su redondez. Pero Teo, en cambio, no olvida. No importa qué apasionante plan familiar le planteemos: ir al Mercadona, a Ikea, a la Iglesia Evangélica. Él siempre añadirá el nombre de su hermana al final. “Con Sol”.

Insiste en que la cogerá y la enseñará a cantar, y quiere regalarle alguno de sus juguetes, casi siempre los más destrozados. Sabe que su madre no esconde en la tripa un satélite espía soviético sino una niña. Le emociona tocar y besar la panza, sentir el espasmo de la lagartija que pronto se transformará en dragón. Es cierto: está más ilusionado con el tema que nadie.

Pero los niños son como los gatos: no ven a los humanos como sus dueños sino como sus juguetes, y nos tendrá que compartir. Con su hermana, nada menos, un ser sin domesticar y con la capacidad de llamar la atención intacta. Veremos cómo se lo toma. De momento, y que dure, muy bien.

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Anestesia

Hasta ahora chiquitito.

Bajarás hasta quince peldaños, hasta el sueño más profundo que jamás hayas tenido.

playaBajarás sonriendo y revoloteando lentamente las pestañas. Y todavía reirás más, con los ojitos cerrados, cuando llegues allí: un lugar rodeado de vaqueros y astronautas, caballos y perros, tus amigos de la guarde, Manu y, cómo no, mami y papi.

Si llegas con hambre y sed no te preocupes: hay toneladas de helado y yogur, zumito de naranja y galletas. Si quieres algo más consistente tendrás macarrones y sopa, y si prefieres algo más ligero piruletas, tortitas de arroz y patatas.

El sueño va a ser cortito, aunque va a parecernos eterno. Nos pasa siempre que no te tenemos al lado, porque lo único en lo que pensamos es en volver a tenerte.

¿Por qué? Porque eres lo que justifica todo, por lo que vale la pena. La mayor preocupación y la mayor alegría, el temor, la esperanza, el futuro.

Ahora te veo, chiquitito. Te necesito: en medio de trabajo y frustración, angustias, urgencias y miedos, eres nuestra anestesia. Es verdad: contigo no hay dolor. Sólo placer, felicidad y esperanza.

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El mejor papá del mundo

Trabajo para que no le falte de nada, llevo casi dos años sin dormir una noche entera, me levanto antes que nunca y estoy casi siempre cansado.

IMG_5877Apenas salgo, apenas bebo, apenas me drogo y apenas follo. Los viajes no son como los de antes: la aventura ya no es saber dónde dormiré esa noche, sino cómo dormirá mi hijo, y los trayectos no están salpicados de lectura y siestas sino de vomitonas horrendas.

La improvisación se ha convertido en tenerlo todo previsto. Descubrí la prudencia y el miedo: uno no se preocupa de sí mismo, pero sí de durar muchos años para cuidar y ver crecer a su hijo.

Me desvivo por él y él, a cambio, es lo mejor de mi vida. Entiende y lo dice todo, repite lo que quiero oír y empieza a inventarse lo que yo ya ni imagino. Me dice que tiene hambre y que el baño quema, que sin ropa tiene frío o que no le tape tanto. Compartimos juegos, carreras y risas, nos gustan las mismas cosas y, pensaba que tardaríamos más, hasta vemos una película juntos.

Lloré viéndola antes de que él naciera, porque sabía que algún día llegaría este momento. Y, ahora que ya está aquí, lloro de nuevo: por haberlo conseguido, y porque es mil veces más lindo que lo que había imaginado.

Debió de ser en un momento de debilidad, pero hoy Rocío me ha dicho que soy el mejor papá del mundo.

No soy quién para no creerla y, quizá, por eso, me va a dar otro regalo: en pocos meses, Teo tendrá compañía.

Y nosotros otro motivo para seguir respirando, llenándonos el pecho de fuerza y emoción, amor y vida.

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24 años

Es una pena que no lo conozcas: no tiene los ojos grandes, sino gigantes, y tan profundos y luminosos como una galaxia.

mipadreLa nariz no es grande: es un trocito de carne y cartílago con forma de garabato perfecto. No me acuerdo de muchas cosas, pero de eso sí: decías que la mía era un pegote, pero la suya es mejor.

Ni escribir el mejor libro ni pintar el mejor cuadro: te bastaría con acariciarlo y jugar con él, con verle dormido, con oírle reír y rugir, para saber que él es tu obra maestra.

Algo más maravilloso: la obra maestra de tu obra maestra.

Y yo lloraría viéndote llorar al verle.

No pudo ser. Pero le hablare de ti cuando sea más mayor, y llegará a imaginarte.

Gracias por todo. Y gracias, también, por darme la posibilidad de vivirlo.

😉

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Un cuento sobre dinosaurios

Se supone que la vida, con sus idas y venidas, es como una buena canción. Los poetas, por ejemplo, nos la cantan tumultuosa e improvisada como un jazz. Los científicos, en cambio, prefieren hablar de un vals: la Tierra y el tiempo se aferran y dan vueltas eternas en círculo, intentando no perder el compás y llegar indemnes a la siguiente canción.

bancomundialPero resulta que el apocalíptico vals que ahora vivimos no es nuevo: la degradación del planeta, de la vida, se repite cada cierto tiempo. Hace 230 millones de años, por ejemplo, un coro de volcanes se puso a cantar a la vez y dejó el cielo y la Tierra lleno de heces planetarias. El resultado fue, dicen los científicos, como el que está provocando ahora el hombre: calentamiento global, una buena dosis de fuego sobre todo bicho viviente y lenguas de lava dejándolo todo hecho un cristo.

Sin embargo, hubo quien sacó partido al jaleo. Hasta entonces pequeños y sibilinos, los lagartos y sus lenguas bífidas vieron el terreno despejado y crecieron hasta convertirse en dinosaurios. Simplemente, se adaptaron mejor, y durante 135 millones de años se pasearon como señorones por la finca con sus lujosos abrigos de escamas. A algunos les salieron plumas y otros pocos se declararon veganos, pero la mayor parte se conformó con afilar los colmillos, comerse a los más débiles y vivir hasta que un meteorito despistado los mandara al otro barrio.

El tiempo que vivimos ahora parece también propicio para los dinosaurios. Imagino que, al ritmo que vamos, los hijos de los hombres más poderosos del mundo engendrarán hijos cada vez más poderosos y más alejados del resto. Sus padres se están encargando, a base de dinero y ambición, fuego y metal, de crearles un ecosistema perfecto: más alimentos, enemigos más débiles y desesperados y un campo cada vez más abierto.

Qué suerte tenéis, poderosos: creceréis exponencialmente y, cada vez más gordos, grandes y sedientos de sangre, dominaréis esta era.

Pero no lo olvidéis: el meteorito despistado volverá a caer sobre vuestros hijos y las cartas de la baraja, cegadas por el azar, volverán a repartirse en la mesa.

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Primavera

Una mañana, mientras el gallo hacía quiquiriquí en Wall Street, los neoyorquinos vieron quedarse chato Manhattan tras derrumbarse las Torres Gemelas. El otro día, sin ir más lejos, los chipriotas se estiraban en la cama pensando en el desayuno mientras unas hienas hambrientas intentaban devorar sus ahorros. Lo nuestro, de momento, no es tan grave: hemos abierto los ojos y la primavera ha estallado.

madronoHay cosas peores, dirán algunos, y es cierto. Fortalecidos por la lluvia invernal, los árboles se alzan hoy majestuosos, sin saber que un golpe de humanidad y motosierra bastaría para convertirlos en leña. La ardiente mirada del Sol vuelve a fijarse en nosotros, sus amarillentos rayos recortan otra vez minifaldas, pero con las primaverales rodillas también vendrá un ejército de melanomas y alergias.

Las flores crecerán alineadas por inescrutables designios, mientras nosotros nos mustiamos en hileras de mesas abonadas por la cotidianidad y el hastío. Muchos alzarán la vista y divisarán las vacaciones de Semana Santa, la playa, la nieve, la casita de campo en el pueblo, pero quizá serán más los que vean lúgubres capirotes en el horizonte y la triste procesión de no ir a ninguna parte, porque no tienen ni un duro.

Es indudable: la temperatura ha cambiado. Quejicosos por naturaleza, caprichosos como niños, mañana protestaremos por el calor como ayer lamentamos el frío. Sin caer en la cuenta de que se consumirá, como se consumieron las otras, soñaremos con que esta primavera es eterna, pero cuando llegue el verano nos quedará una primavera menos en la despensa vital. Aparcaremos abrigos. Olvidaremos bufandas. Y nos pondremos de nuevo las gafas de sol, para que sus cristales oscuros reflejen, en vez de a Papa Noel, a mendigos venidos del Este, y a un galgo perdido y aterrorizado en la calle por el que no moveremos ni un dedo.

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El río

Si tenéis cerca a ancianos no demasiado charlatanes, preguntádselo: ¿Cuándo llega el día en el que uno, antes de comerse una paella, piensa que quizá esa sea la última? Mientras se colocan la dentadura postiza y empiezan a hablar de tipos de arroz, insistid: ¿Se disfruta esa paella más o menos que las anteriores? ¿Cuándo empezamos a echar de menos la vida? ¿Qué maravillas hacen que esta carrera de obstáculos valga la pena?

retiroOcho meses y medio después del nacimiento de Teo, ya estoy nostálgico: me aterroriza el que un niño simpático, imparable e impaciente asesine cada segundo a mi bebé. El ser manejable e indefenso desaparece, evaporándose sin remedio, para dejar paso a alguien mucho más fuerte. El asesino es dulce y encantador. Sorprendente. E infalible: no descansa e, incluso cuando duerme, crece, preparándonos para una nueva exhibición de fuerza en cuanto termine la noche.

Me pasa siempre al ver las fotos de mi hijo: me arden los pulmones, el pecho se llena de humo y los ojos, tras el agotamiento y la preocupación, se iluminan. Es lógico: por ahí debajo hay una brasa muy fuerte, que arde pocas veces en una vida: el amor incondicional. La entrega absoluta. Haría o daría cualquier cosa por ese enano. Sólo por él.

Pero tengo que reprochárselo ya, y se lo reprocho: nunca volverás a ser tan pequeño como esta tarde cuando me he ido a trabajar. Te pasarán un millón de cosas, espero que todas buenas, pero no serás el mismo. Mañana olerás distinto. Se habrá curtido tu piel. Es un lugar común: uno no puede bañarse dos veces en el mismo río y yo, cada vez que te mire y abrace, veré y abrazaré a otro niño. Distinto. Cambiante. Mayor.

Pero tú tranquilo, que tu madre y yo te querremos siempre un poquito más que antes.

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