El estrés social

Hutus y tutsis. Israelíes y palestinos. Y otros dos bandos irreconciliables, enemigos, enfrentados para siempre: los de “Vamos a exhibir al niño” y los de “Ocultémoslo, que tiene que vivir tranquilo”.

Por supuesto, yo era de los primeros. Porque al nacer Teo era diminuto, suavísimo y al menos para mí, que creo ser su padre, precioso. Así que me moría de ganas de enseñárselo a todo el mundo, como cuando me compré aquella carísima chaqueta de cuero o me hice una foto con Charlize Theron. 

Mi chica, en cambio, pertenecía al otro bando. Al de los misteriosos, al de los ocultadores de niños. Al de los de “convirtamos la paternidad en un rito enigmático y oscuro”.

Los dos chocamos muy pronto. En el hospital todo fue bien: había tanta gente en la habitación como oxitocina en el cerebro de Roci, y le daba todo igual, pero al aterrizar en casa, la cosa cambió. Llegamos, nos abrazamos, miramos a Teo como quien contempla a un extraterrestre y, minutos después, un grupo de mis mejores amigos aporreaba la puerta para conocer al cachorro.

Cuando se marcharon, al rato, me cayó bronca. Estaba claro: ¿Qué es eso de llenar la casa de gente y de degollar gallinas para celebrar el nacimiento del niño? ¿Es que no te das cuenta de que el bebé necesita tranquilidad?

Me costó, pero bajé la cabeza: tenía razón.

Aún así, no me pude contener, y durante las siguientes semanas Dedo Loco se precipitaba una y otra vez hacia el móvil para presentar al nene. ¡Hoy vienen mis compañeros del coro! Desastre. ¡Vamos al curro a recoger mis papeles! Desastre. Porque Teo sufre. Porque es demasiado pequeño. Porque tus amigos son feos. Así una y otra vez.

¿Saben una cosa? Dos meses después, Dedo Loco sigue con su irrefrenable tendencia a armar planes, pero casi he logrado domarlo. Me jode, porque mucha gente a la que quiero todavía no conoce a mi hijo, pero habrá que aguantarse. Solo os puedo decir una cosa: el niño es de verdad, no es un muñeco, se mueve. Hace cosas monísimas, pero no me dejan mostrarlas. Ya lo conoceréis cuando cumpla 17 años.

Porque, quizá, hay que reconocer que no tiene sentido que un renacuajo cambie tan pronto el líquido amniótico a su alrededor por botellas de cerveza. Parir debe ser agotador y muy doloroso… Debe costar aguantar a la peña. ¿Conclusión? Que vale. Limitemos las apariciones públicas de Teo. Confeccionémosle una agenda más revisada y medida que la de Letizia Ortiz.

Pero antes de despedirme, quiero decir una cosa (y, sobre todo, quiero pediros que no lo difundáis por ahí…) Es una pregunta: ¿Por qué el estrés social de Teo sólo lo provocan mis amigos y familiares? ¿Por qué nunca los amigos y familiares de ella? ¿Por qué, por qué, por qué?

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Acerca de rafavidiella

Mi cabeza es enorme y no sólo contiene agua, humos tóxicos y vísceras. Aparento despreocupación e irracionalidad, y eso es lo que la rellena. Como casi todo lo pierdo, aquí será posible encontrarlo.
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4 respuestas a El estrés social

  1. Tappiattoni dijo:

    Yo no soy feo y soy uno de tus mejores amigos, y el próximo día llevaré Ron y agua destilada ya sabes, para recordar viejos tiempos.

  2. josemi dijo:

    “¡No disparen! Los amigos de Dafa también somos gente”, Dersu Uzala (1975)

  3. David González Machón dijo:

    Esto es un hombre y lo demas tontería. Machoteeeeeeeeeee

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