La libertad

Tienes que volver a ser tú, me dice una persona querida, y no ser sólo el padre de Sol y de Teo. Tienes que salir y vivir, ir al cine, viajar, emborracharte y reír. Tienes que recuperar tu espacio y descansar de obligaciones ajenas, de sacrificarte por ellos. Aunque sea una vez a la semana tienes que ser libre, ser tú.

libertad¿Volver a ser libre, a ser yo? Durante casi 38 años lo fui, pero creo que dejé de serlo en cuanto tuve a mi hijo. Hay un antónimo de ser libre: ser padre. Hay un contrario del yo: la familia. Ser huérfano con 14 años me dio toda la libertad del mundo: adiós a la autoridad paterna, al modelo y al rival. Ser hijo único completó mi historia: todo el amor y el dinero de mi madre, su libertad y su vida, eran míos.

Perseguimos lo que no hemos tenido y, en mi caso, me sobraban libertad, individualismo, egoísmo. ¿Qué perseguía, entonces? Lo que no tenía: sacrificarme por otros, mis hijos. Ver lo que es tener un hermano y descubrirlo en Teo y Sol. Y recuperar a mi padre, a un padre, en el que me he convertido.

No hará falta que pasen los años o las desgracias para saber que, pese a sus inconvenientes, vivo un tiempo milagroso. Lleno de renuncias y oportunidades perdidas pero colmado por la ternura y las ocurrencias de Teo y el desparpajo y la dulzura de Sol.

Abrigado, sobre todo, por el amor infinito e incondicional de Rocío.

Lucho y rechazo, me quejo y protesto, me amargo y les amargo a ellos, pero en el fondo sé que este tiempo milagroso era lo que perseguía y que, por suerte, ahora tengo.

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Regalos

En casa hace un poco de frío y por eso me reconforta tumbarme en el suelo, con la cabeza cerca de un radiador, para escuchar el agua caliente correr por las tuberías. Los niños han ocupado mi lugar en la cama: primero la niña, que lloraba con dolor por el exceso de chocolate con churros. Después es el niño el que se ha agazapado junto a su madre en el lecho.

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Pasos ligeros y rápidos. Nunca me acuerdo de preguntárselo al día siguiente, pero imagino que el camino desde su cama a la nuestra debe parecerle oscuro, aterrador, infinito.

Hoy no puedo dormir y no es por los Reyes, la preocupación o la marihuana.

Hay momentos en los que nos alejamos de nosotros mismos y nos cuesta creer lo que vemos. Es 6 de enero, es ya 2016, y el padre de esos niños soy yo. Me reconozco más en ellos que en mí mismo. Me sorprende ser quien compra los regalos y no el que los recibirá.

Hay personas que nacen con mentalidad de adultos y yo moriré siendo un niño. Vivo la alegría y el temor de ser padre como algo pasajero, prestado, como si todo fuese a volver a su sitio y pudiera refugiarme en la cama paterna. Sigue pareciéndome más real lo pasado y ya inexistente que todo a lo que me enfrento a diario.

Me niego a reconocer que la vida sólo sucede una vez.

Algunas noches abrazo a Rocío agradeciéndole nuestra buena suerte, y otras clamo de manera lastimosa por volverme tan patético. El corazón es una brasa que se enciende a ratos, sin previo aviso, y se azuza sólo con amor o ira.

Rocío ha devuelto a cada niño a su cama, y yo corro a refugiarme a su lado. Hasta que la niña se despierta de nuevo y vuelvo junto a la calefacción.

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Pulsión

Los que ahora la vean sacándose la teta en los parques, empujando con cansancio un carrito y quejándose por casi todo no me creerán, pero es cierto: Rocío, antes, fue feliz. Vívía eternamente bronceada, disfrutaba de constantes vacaciones y hacía cosas tan divertidas como salir, surfear o dormir en furgonetas de escaladores.

IMG_2443Pero ya no. Se cruzó conmigo hace unos cinco años y medio y le cambié la vida. No es petulancia: probablemente, se la arruiné. Tiene dos niños preciosos y vive en una casa mejor que el agujero en el que era feliz entonces, pero hay que reconocer que su vida no es precisamente más divertida.

Por eso debería tratarla mejor, regalarle flores, compadecerme más de su sufrida existencia, pero no lo haré. Es más: el día en el que dos partos después volvamos a cruzarnos a solas en algún rincón de la casa no tendré piedad de ella y, en cuanto se descuidé, la cubriré.

Sé que es una locura, que Teo no ha cumplido dos años y medio, que Sol es una larva mutante y que su suelo pélvico ha sufrido más que Fukushima, pero no podré resistirme y la intentaré cubrir nuevamente.

Porque ser padre es una labor homérica, un reto casi tan mayúsculo como escribir buenas letras para Bisbal, pero tiene sus ventajas. Las bajas paterno-maternales dan para muchísimo. Los niños son desesperantes, pero se les coge un poco el truco y cada vez es más fácil. Y la gente, como estupidizada por la hipnótica presencia de un bebé, te trata mejor, y si vas con dos todavía más.

Pobre diablo, cómo se ha complicado él solo la vida, piensan, y con un poco de pena te dejan pasar antes, te ayudan o, al menos, te sonríen con ternura.

Sé que las reservas del planeta son limitadas y que estar embarazada es un coñazo, pero intentaré cubrirla de nuevo. Quizá nos cueste la vida, pero si el mundo ha sobrevivido a los Pujol, los Bush o los Urdangarín no sé por qué no puede haber un tercer Vidiellita.

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Todo lo que quiero

Está fatal que lo diga pero en el fondo, muy en el fondo, me da igual quién gane las próximas elecciones. No me importa demasiado dónde terminará Cataluña, cómo será lo nuevo de Nolan o quién se llevará la Liga.

playaMe preocupa, podría hasta decir que me obsesiona, ganar el suficiente dinero para comprar pañales, papel higiénico y pan. Me preocupa que me paguen las facturas, que mis inquilinos estén satisfechos y que los caseros no nos echen de su magnífica casa. Me gustaría que algún moroso me devolviese lo que tanto me cuesta ganar.

Está fatal que lo diga, pero han conseguido que me preocupe muy poco el trabajo que me roba buena parte del día. Tampoco me asustan las canas, las arrugas o los dolores, antes inexistentes, que me recorren.

Me aterra, en cambio, la muerte. Me creía indestructible: ahora sé que somos frágiles como la hoja que cuelga del árbol y el perro que cruza enloquecido la calle. Me da miedo el cáncer que mató a mi padre. Me da miedo el accidente. Me asusta despedirme lentamente, entre dolor e impotencia. Me asusta el no despedirme, sacudido por un calambrazo mortal.

Porque quiero ver cómo Teo se transforma en el chico más guapo del mundo. Porque quiero oír llamar a la puerta a todos los enamorados de Sol.

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Cuatro semanas 

Llevaba tiempo con ganas de escribir esto, pero estaba ocupado: tuve que pelear un buen rato con un micropijama en el que enfundar a Sol, uno de esos llenos de botones y cortes imposibles y sofisticados y antes, creo, tuve que dar de cenar a Teo, limpiar fideos y convencerle de lo necesario que era irse a la cama.

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Rocio ahora trata de dormir a Teo. Antes estaba dándole la teta a Sol, y la anterior vez que recuerdo haberla visto andaba friendo croquetas, haciendo sopa y, durante su rato de desaparición, preparando con primor la ropa que ahora trato de poner a Sol.

Rocío y yo ya no somos humanos: somos máquinas.

Lo bueno es que te vuelve eficiente y práctico, conservas la capacidad de aprender y reconforta el ego: criar a otro humano es difícil, y es muy satisfactorio sentir que estás haciéndolo bien.

Pero lo mejor es lo del medio, lo otro. Roci habla en la cama con Teo, las últimas palabras que el pico de oro de la familia dirá hoy. Yo bañé a Sol, la top model en miniatura, mi larga, suave y agradecida cachorra. Mañana cumples cuatro semanas, Sol.

Mi vida, sé bienvenida.

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El chico

Querría decir lo contrario, pero mentiría: no somos de esos padres que consiguen que su hijo vaya a la cama, apague la luz y se duerma solo. Teo exige que le acompañe uno de nosotros y que le lea un cuento, dos, y otro más. Teo exige que permanezcas con él, tan pegados como dos animales calientes, hasta que se deje derrotar por el sueño.

chicoNo me quejo. Hoy por hoy, es uno de los grandes placeres que me tiene reservada la vida. Hay días en que soy yo el que cae rendido antes. Hay noches, casi todas, en las que escucho como la frecuencia de su respiración desciende, como un tren que llega, y contemplo bajar la guardia a sus párpados.

Un hijo no te regala certezas. Es falso. Son demasiadas renuncias. Un hijo no es una prolongación de uno mismo ni un órgano que crece en el exterior de tu cuerpo sino, más bien, tu propio cuerpo partido. Un hijo te abre en canal, y allí descubres el doble de temores, incertidumbres y dudas.

Con un hijo vives más, y también vives peor.

Con Rocío alimentando a Sol, me ocupo yo de correr cuando Teo gimotea. Interrumpe mi sueño, rompe el descanso, pero lo agradezco. Me hace sentir útil. Me hace sentir vivo. Pero también, acompañándole en su diminuta cama y cobijado por su fuego incipiente, me siento más desarropado.

Siento que todavía hace más frío en la madrugada eterna en que se ha convertido la vida.

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Tambores

Sobre mi pecho, boca abajo, Sol duerme. Su respiración anuncia bocanadas de aire fresco y vida, pero mi faceta de padre miedoso me obliga a dejarla en la cuna: me asusta que, en esa posición, se ahogue. Ni un ruido, ni un gesto, al taparla y retaparla: duerme el sueño más profundo, a medio camino entre este planeta y el otro, oscuro, silencioso y hondo, en el que estaba hace poco.

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A mi lado duerme, destrozada, Rocío. Algo más de tres años dedicados a regalarme dos vidas. Dos embarazos llenos de altibajos y miedos, privaciones y esperanzas. Dos partos dolorosos, muy dolorosos, tan dolorosos como sólo puede imaginar una mujer que ha parido. Y ahora, otra vez, a dar leche: vida, energía, dedicación absoluta. En medio de una vida sacrificada a sus hijos, Rocío duerme. Un resquicio de descanso, despreocupación y sueño: ojalá sueñe con playas, con el mar, conmigo.

En su cuarto, en su pequeño y luminoso palacio, duerme Teo. Duerme en una postura imposible, el escorzo de otro día de carreras y llantos, carcajadas, juego y nervios. Hace diez días era un bebé; ahora, hermano mayor, es un hombre en miniatura. Sigue siendo el ser más hermoso que he visto. Sigo dando la vida por él. Quiero despertarle y abrazarle, decirle una vez más que le quiero. Pero mejor dejarle descansar para que mañana vuelva a devorarse el mundo.

Los tres duermen, y sus tres leves respiraciones no rompen la quietud de la noche. Pero mi corazón se acelera, y suenan tambores de guerra en el pecho. Es de noche. Es hora de descansar de responsabilidad y temor, emoción, descubrimiento y, por qué no, felicidad infinita.

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